Arturo Pérez-Reverte
“Oh Dios, y qué buen vasallo, si tuviese buen señor”
(Cantar de Mio Cid, anónimo.)
Arturo Pérez-Reverte nos ofrece un Cid despojado de mito y leyenda, tal como pudo ser. Un guerrero que sólo sabía hacer la guerra contra los enemigos de su señor. Criado en las artes de la guerra, en la lealtad a su señor natural, líder solidario de sus compañeros de infancia que lo siguieron en todas las batallas sin exigir nada. Pero tanto él como sus guerreros sólo sabían hacer la guerra, y cuando no hay un rey que vele por su mesnada y es desterrado de los reinos de España, ¿Qué podía hacer?
Pérez-Reverte narra la vida del Cid con sus compañeros en el destierro con una prosa fuerte, sin florituras, dura como la vida de esos guerreros de los campos, acostumbrados a luchar sin descanso. Cuenta su necesidad de darles no sólo sustento sino propósito y es entonces cuando el Cid se transforma en mercenario por necesidad.
Sin dejar de ser un héroe en el corazón de sus compañeros y admirado por los reyes moros, el Cid siempre le fue leal a su señor natural y nunca fue contra éste.
En su necesidad de despojar al Cid del mito que siempre lo acompañó, Pérez-Reverte lo describe en toda su humanidad, con sentimientos y reflexiones, capaz de entender el alma de cada uno de sus guerreros, lo que le valió el amor y el respeto de ellos y la entrada en la leyenda de los reinos de España.
Gracias a Arturo Pérez-Reverte el Cid bajó del pedestal de la creación anónima sin perder la admiración de todos aquellos que hemos leído El Cantar del Mio Cid.