Julio Cortázar
Hace algunos meses tuve la oportunidad de tener en mis clases de español, un alumno neozelandés con un buen conocimiento del castellano. Le ofrecí lecciones de literatura hispanoamericana que le interesaron enseguida. En su juventud, había sido profesor de inglés en los liceos de Nueva Zelanda y es un gran conocedor de la literatura inglesa. Enseguida le hablé del boom de escritores latinoamericanos y su impacto e importancia en la literatura posterior.
Esta experiencia no sólo fue fascinante para él, sino que encendió de nuevo mi pasión por estos escritores desde una perspectiva nueva. Al releerlos, Cortázar ya no era el escritor de mi juventud, cuyo juego narrativo retaba mi imaginación con un simbolismo propio. Lo peculiar de la obra de arte literaria es precisamente la multiplicidad de significados que presenta al lector y que éste se apropia de alguno que resuena en él.
En Casa tomada, los protagonistas van clausurando cuartos en la casa por la violencia de los ruidos que escuchan en ellos, presintiendo la existencia de invasores que se apropian de la biblioteca, el comedor, la sala…Cada día van cediendo espacios de la casa aterrados, hasta que al final salen de la casa sin nada y tiran la llave para no volver.
Y así fue que redescubrí a Cortázar. Nuevos significados resonaron en mi, no sólo su juego narrativo y su interacción con el lector siguió emocionándome, sino el descubrimiento de nuevas conexiones con mi vida actual. En mi juventud Casa tomada era una casa tomada por los libros que cobraban vida. Hoy la casa simboliza a mi país donde su historia, sus espacios, los principios y valores de la sociedad que me vio crecer han sido confiscados, y el miedo se apoderó de la libertad.